Mujeres en la Historia: Agustina de Aragón y la Monja Alférez

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Agustina
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Muchas son las mujeres olvidadas de la historia de España, mujeres fuertes, luchadoras y valientes que llevaron a cabo empresas importantes en su vida, pero de las que nunca oirás hablar en los libros de historia. Aquí va una breve biografía de otras dos.

 

Agustina de Aragón

Agustina Raimunda María Zaragoza y Domènech (Barcelona, bautizada el 6 de marzo de 1786 – Ceuta, 29 de mayo de 1857), fue una defensora de Zaragoza durante la Guerra de la Independencia Española.

Agustina se casó a los 17 años con Joan Roca Vilaseca, cabo de artillería, en Barcelona. El matrimonio tuvo un hijo varón que murió siendo aún niño. Joan participó desde un primer momento en la Guerra de la Independencia Española contra los franceses de Napoleón. Eso hizo que él y Agustina se trasladaran a Zaragoza.

Durante el asedio de esta ciudad, Agustina, que llevaba la comida a su marido, cogió la mecha de las manos de un artillero herido disparando un cañón sobre las tropas francesas que corrían a la entrada de la puerta de la ciudad. Entre la leyenda y la historia, parece que este hecho hizo los asaltantes franceses se retiraran, consiguiendo defender la ciudad.

Así nació el mito de Agustina de Aragón o La Artillera, que cuenta que, enterado el general Palafox de tal hazaña, mandó llamar a la joven y, felicitándola, le concedió el distintivo de subteniente con el uso de los escudos de distinción con el lema de cada uno de ellos: “Defensora de Zaragoza” y “Recompensa del valor y patriotismo”.

No obstante, los historiadores dicen que la verdad es que Palafox sí admitió a Agustina en el cuerpo de artilleros, pero como soldado raso. Posteriormente, sin embargo, Agustina conseguiría sucesivamente los galones de Sargento y de Subteniente.

A pesar de los esfuerzos de Agustina y de todos los defensores de la ciduad, fue tomada por los franceses en abril de 1809 y Agustina fue tomada prisionera y liberada posteriormente en un canje. Después de eso, recorrió gran parte de España como animadora de los ejércitos, participó en múltiples combates y su carrera militar concluyó en la Batalla de Vitoria.

Se casó en segundas nupcias en Ceuta con Juan Eugenio Cobos de Mesperuza (I Barón de Cobos de Belchite), teniendo de ese matrimonio una hija llamada Carlota.

Murió en Ceuta a los 71 años de edad, pero sus restos fueron trasladados en 1870 a Zaragoza, donde son venerados como los de una gran heroína.

Catalina de Erauso, la Monja Alférez

Catalina Erauso y Pérez Galarraga (San Sebastián, Guipúzcoa, España, 1585 – Cotaxtla, cerca de Orizaba, 1650?), popularmente conocida como la Monja Alférez, fue una militar, monja y escritora. Uno personaje controvertido del Siglo de Oro español que se vio obligado a travestirse para llevar a cabo sus aventuras.

Era hija del capitán Miguel de Erauso y de María Pérez de Gallárraga y Arce. Su padre fue un importante militar, comandante de la provincia vasca a las órdenes del rey Felipe III, por lo que ella jugaba de pequeña a los soldados con sus hermanos.

A los 4 años fue internada en el convento dominico de San Sebastián junto a sus hermanas Isabel y María para educarlas en la fe católica. Pero su carácter explosivo hizo que las monjas la trasladaran al Monasterio de San Bartolomé de San Sebastián, donde las normas eran mucho más estrictas, y ahí vivió hasta los 15 años.

En seguida se dio cuenta de que no tenía vocación religiosa, por lo que rehusó profesar los votos. Tras un altercado con otra novicia, en 1600, se hizo con las ropas de hombre, se cortó el cabello y huyó.

Comenzó entonces una etapa de prófuga que le llevó a Vitoria. Allí conoció al doctor don Francisco de Cerralta, catedrático, quien la recibió y le ofreció vestido sin reconocerla. Este hombre estaba casado con una prima hermana de su madre. Tras intento de abuso sexual, Catalina robó dinero al doctor y se marchó a Valladolid, donde residía la corte del rey Felipe III.

Catalina sirvió en la corte como paje del secretario del rey Juan de Idiáquez, disfrazada de varón y bajo el nombre de Francisco de Loyola, durante siete meses. Pero un día se encontró con su padre, amigo de Idiáquez y, aunque no la reconoció así vestida, tuvo que volver a huir.

Se fue a Bilbao donde, tras un altercado con unos jóvenes que intentaron asaltarla, fue arrestada por herir a uno de ellos. Al salir de la cárcel se fue a Estella de Navarra, donde se acomodó como paje de un importante señor de la localidad llamado Alonso de Arellano. Catalina sirvió en su casa durante dos años. En 1603 regresó a San Sebastián, donde estuvo viviendo como varón un tiempo.

Más tarde decidió ir a Sanlúcar de Barrameda, donde consiguió un pasaje para ir a las Américas. Todo este tiempo lo pasó disfrazada de varón, usando distintos nombres y engañando a todo el mundo.

El primer punto que tocó en América fue la Punta de Araya, donde tuvo un enfrentamiento con una flota pirata holandesa. De ahí partieron hacia Cartagena de Indias y Nombre de Dios, donde estuvieron nueve días. Embarcaron la plata y, una vez listos para regresar a España, Catalina mató a su tío de un disparo y le robó 500 pesos, huyendo del barco y quedándose en tierra.

Se fue a Panamá, donde comenzó a trabajar con Juan de Urquiza, mercader de Trujillo, con quien partió después hacia el puerto de Paita (hoy Perú). Después de un breve tiempo en Paita, pasó a Zaña. Allí tuvo un pleito con un joven que la amenazó en un corral de comedias y acabó cortándole la cara al muchacho que la había retado. Fue llevada a la cárcel de nuevo y, a través de gestiones de su amo Juan de Urquiza, evitó seguir bajo arresto con la condición de que se casara con doña Beatriz de Cárdenas. Para no ser descubierta, se negó rotundamente a dicho casamiento y marchó a la ciudad de Trujillo, donde su amo le puso una tienda.

Pero el joven al que había cortado la cara fue a buscarla y, tras un duelo, mató a un amigo del mismo y fue de nuevo encarcelada. Su amo consiguió de nuevo sacarla y se fue a Lima, donde se alistó a las órdenes del Capitán Gonzalo Rodríguez.

Tras marchar con su compañía hacia Chile en el año 1619, su ejército arrasó las tierras y los bienes de los mapuches. En Chile fue acogida por el secretario del gobernador,  don Miguel de Erauso, su hermano, que no la reconoció. Permaneció tres años ahí hasta que, debido a una disputa con su hermano, fue desterrada a Paicabí. Allí luchó al servicio de la corona en la Guerra de Arauco, ganando fama de ser valiente y hábil con las armas.

En la batalla de Valdivia recibió el grado de alférez. En la siguiente batalla de Purén murió el capitán de su compañía y ella asumió el mando, ganando la batalla. Sin embargo, debido a su crueldad contra los indios, no fue ascendida al siguiente rango militar. Esto hizo que se dedicara durante un tiempo a realizar actos vandálicos.

Más tarde asesinó en otro duelo a su hermano, Don Miguel de Erauso, siendo nuevamente encarcelada ocho meses. Huyó a la Argentina cruzando los Andes, donde prometió matrimonio a dos jóvenes. Terminó huyendo de allí sin casarse con ninguna de ellas. Después marchó a Potosí, donde se hizo ayudante de un sargento mayor, y volvió nuevamente a pelear contra los indios, participando en grandes matanzas en Chuncos.

Tras varios encarcelamientos por tráfico de ganado, rencillas de juego, asesinatos… fue condenada a muerte en 1623 y, para salvar su vida, confesó al obispo Agustín de Carvajal que en realidad era una mujer. Fue enviada a España donde la recibió el rey Felipe IV de España, el cual le mantuvo su graduación militar y la apodó monja alférez, a la vez que le permitió usar su nombre masculino y le concedió una pensión por sus servicios a la Corona en el Reino de Chile.

En 1630 regresó a Nueva España, donde vivió hasta su muerte.

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