¿Las mujeres quieren ser oprimidas?

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Los teóricos de la evolución afirman que la preferencia femenina por hombres dominantes ayudó a crear un mundo patriarcal. ¿Es esto cierto? ¿O las teorías de la psicología evolutiva están sesgadas por el hecho de que la mayoría de los estudiosos han sido, y siguen siendo, hombres?

En principio, la psicología evolutiva, que busca comprender nuestro comportamiento basándose en el hecho de que somos producto de la selección natural, nos puede dar una visión más profunda de nosotros mismos. En la práctica, este campo de estudio a menudo refuerza prejuicios insidiosos.

Por ejemplo, el psicólogo evolutivo Geoffrey Miller, en su libro de 2000 The Mating Mind, argumenta que la selección sexual puede explicar las diferencias entre hombres y mujeres. Darwin propuso la selección sexual para explicar diferencias como la cola del pavo real, que desde un punto de vista práctico parece disminuir la aptitud física. Darwin formuló la hipótesis de que las hembras elegían aparearse con pavos reales con colas grandes, propagando así este rasgo. Del mismo modo, Miller sugiere que la selección sexual puede ayudar a explicar por qué los hombres dominan a las mujeres en muchos ámbitos de la cultura. Así es como lo expresa él en su libro:

“Los hombres escriben más libros. Los hombres dan más conferencias. Los hombres mandan más correos electrónicos en grupos de discusión. Decir que esto se debe al patriarcado es plantear la cuestión del origen del comportamiento. Si los hombres controlan la sociedad, ¿por qué no se callan y disfrutan sus supuestas prerrogativas? La respuesta es obvia cuando se considera la competencia sexual: los hombres no pueden callarse porque eso les daría a otros hombres la oportunidad de presumir verbalmente. Los hombres suelen intimidar a las mujeres para que guarden silencio, pero esto es así para su propia exhibición verbal. El océano de lenguaje masculino que confrontan las mujeres modernas en librerías, televisión, periódicos, aulas, parlamentos y negocios no necesariamente proviene de una conspiración masculina para negar a las mujeres su voz. Puede provenir de una historia evolutiva de selección sexual en la que la motivación masculina para hablar fue vital para su reproducción”.

Es decir, Miller argumenta que el hecho de que los hombres intenten estar en todos los ámbitos no es tanto un modo de dominar a las mujeres como de atraerlas.

El antropólogo Richard Wrangham presentó un argumento similar en su libro de 1996 Demonic Males. Wrangham afirmó que la agresión masculina e incluso la agresión grupal, o la guerra, son tendencias innatas que compartimos con los chimpancés, nuestros parientes más cercanos. Y es en parte culpa de las mujeres ya que ellas han seleccionado, a lo largo de los siglos, estos rasgos “demoníacos”, según Wrangham. Así lo explica:

“Muchas mujeres preferirían lo contrario, pero en el mundo real, el tipo duro se encuentra asediado por admiradoras femeninos, mientras que el amigo más dulce agarra su vaso de vino en la barra totalmente solo. Los hombres y mujeres que componen nuestra especie están extraordinariamente preparados para admirar, amar y recompensar el demonismo masculino en muchas de sus manifestaciones, y esa admiración, amor y gratificación perpetúa la continuación, generación tras generación, del varón demoníaco. Las mujeres no piden abuso. A las mujeres no les gustan muchos actos específicos de los hombres demoníacos. Pero, paradójicamente, muchas mujeres encuentran atractivas el conjunto de cualidades y comportamientos de agresión y dominio asociadas con el demonismo masculino. Tanto hombres como mujeres son participantes activos en el sistema que nutre el éxito continuo de los hombres demoníacos; y el nudo de la evolución humana, con el hombre demoníaco en el centro, requiere una desvinculación de ambos, hombres y mujeres”.

Miller y Wrangham insisten en que están intentando comprender las raíces de los comportamientos dañinos, no excusarlos ni mucho menos. No dicen que el patriarcado sea inevitable, y mucho menos bueno. De hecho, Wrangham argumenta en Demonic Males que el empoderamiento femenino es la mejor manera de crear un mundo más igualitario y pacífico.

Pero hay un par de problemas con la teoría de la selección sexual de la dominación masculina. En primer lugar, la teoría está mal respaldada por la evidencia antropológica. Los estudios sugieren que nuestros antepasados ​​pre-civilización, que eran cazadores-recolectores nómadas, eran relativamente pacíficos e igualitarios. La guerra parece haber surgido no hace millones de años, sino hace unos 12.000 años, cuando nuestros antepasados ​​comenzaron a abandonar sus costumbres nómadas y a establecerse.

En su libro de 2009, la antropóloga de Mothers and Others Sarah Blaffer Hrdy escribe que “los cazadores-recolectores en casi todas partes son conocidos por ser ferozmente igualitarios y hacer todo lo posible para minimizar la competencia”. Hrdy piensa que la guerra que puso fin a la era del Pleistoceno disminuyó el estatus de las mujeres e impulsó el estatus de los hombres, especialmente de aquellos que sobresalieron en la lucha. La guerra y el patriarcado, en otras palabras, son desarrollos culturales relativamente recientes. Un artículo reciente en Science corrobora la afirmación de Hrdy de que los cazadores-recolectores mostraban “igualitarismo sexual”.

En su nuevo libro Behave, el antropólogo Robert Sapolsky coincide en que la guerra “parece haber sido rara hasta que la mayoría de los humanos abandonaron el estilo de vida nómada”. Sapolsky también sostiene que la cultura puede contribuir más que la biología a las diferencias sexuales modernas. Cita un artículo de 2008 en Science, “Culture, Gender and Math”, que encontró que “la brecha de género en los puntajes de matemáticas desaparece en los países con una cultura más igualitaria de género”.

Otro problema con la teoría de la selección sexual de la dominación masculina es que sugiere que las mujeres han sido cómplices de su propia opresión. Vivimos en una cultura hipercompetitiva y dominada por los hombres porque las mujeres prefieren al “tipo duro” al chico “modesto”. Las mujeres son intimidadas por hombres ruidosos y dominantes, porque, históricamente, las mujeres han “seleccionado” a hombres que son ruidosos y dominantes, lo que propaga estos rasgos.

Sin embargo, la preferencia de las mujeres por hombres dominantes es supuestamente instintiva, más que una respuesta racional a un mundo dominado por hombres. La teoría de la selección sexual de la dominación masculina es una forma de culpar a la víctima. Es una historia especialmente insidiosa, porque alimenta la fantasía masculina de que las mujeres quieren ser dominadas.

Los defensores de las teorías biológicas de la desigualdad sexual acusan a sus críticos de negar cualquier tendencia psicológica innata entre los sexos. Pero, para muchos, es un hecho que la teorización biológica sobre estas tendencias, en nuestro mundo todavía sexista, hace más daño que bien. Faculta a los guerreros de la injusticia social, y eso es lo último que nuestro mundo necesita.

Por eso, quizá haya que desprenderse de estas teorías para ayudar a que el mundo sea más justo e igualitario. Culpar a las mujeres de las desigualdades que hay actualmente no solo es injusto, sino que no contribuye a acabar con esas diferencias. Luchemos por un mundo más justo e igualitario entre todos.

Fuente: John Horgan, director of the Center for Science Writings at the Stevens Institute of Technology.

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