¿Es verdad que los hombres son infieles por naturaleza?

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El ser humano no es monógamo por naturaleza. Aunque resulte paradójico, tener una persona ‘para toda la vida’ no responde a cuestiones de ADN, pues la mayoría de los mamíferos –unas 3.990 especies de entre 4.000 –no somos fieles a una única pareja. Por tanto, el hecho de que hoy en día mantengamos estos pactos de exclusividad atiende a cuestiones evolutivas y sociales, que parece que poco tienen que ver con el género. Aun así, el debate continúa abierto.

Los antropólogos siguen con muchas preguntas sin resolver sobre la monogamia. Existen muchas teorías y todas ellas muy interesantes, pero no se ha llegado a una conclusión absoluta. Por ejemplo, se cree que la monogamia surgió en los humanos como un recurso para prevenir el infanticidio, según un estudio publicado en 2013 en la revista ‘PNAS’. Antes, el cuidado de los niños por parte exclusiva de las mujeres hacía que tuvieran menos tiempo para aparearse con otros machos y éstos mataban a los infantes para asegurar su absoluta atención. Muchos piensan que por ese motivo existe la creencia de que las mujeres son más fieles, puesto que preferían a los hombres comprometidos con sus hijos.

Otros, sin embargo, conciben la monogamia por la aparición de los cambios dietéticos en las sociedades y el peligro de la baja densidad de mujeres. Según los investigadores de la Universidad de Cambridge, la mejor estrategia para un hombre en aquella época fue quedarse con una hembra, defenderla y asegurarse de que todas sus crías fueran suyas, en lugar de aparearse con otras mujeres.

También se pudo extender para evitar las enfermedades de transmisión sexual. Conforme se produjo la masificación de la población fueron más difíciles de controlar este tipo de infecciones. Por tanto, la poligamia empezó a entenderse como una enfermedad y muchos líderes de tribus o jefaturas impusieron la monogamia, castigando a aquellos que no la respetaban, pues contribuían a la expansión de enfermedades.

Otros autores piensan que el matrimonio monógamo se estableció como la forma más fácil de organización social debido a cuestiones económicas. A medida que las sociedades agrícolas fueron creciendo la tierra disponible fue cada vez más reducida y la herencia solucionaba este problema, pues solo los verdaderos sucesores recibían las posesiones de los padres. Con la monogamia empezó la unidad familiar y empezamos a construir la sociedad tal y como la conocemos.

A pesar de que empezamos a creer en la monogamia por igual y ambos sexos estábamos interesados en este pacto para continuar de forma más organizada y segura, el mito de que los hombres son más infieles que las mujeres sigue siendo una creencia popular. Debido a esta curiosidad tan generalizada, la ciencia ha investigado sobre si esto tiene una base real y fundamentada. Y parece que sí que existen algunas pruebas que apoyan esta teoría:

Nuestro pasado evolutivo

Sólo el 5% de todos los animales mamíferos machos que hay en la tierra son fieles a sus parejas sexuales. Por tanto, a nivel natural, son los varones los que poseen ‘el impulso del apareamiento’ con el mayor número posible de hembras para perpetuar la especie. Las hembras, en cambio, tienen otras obligaciones, como asegurarse de que sus crías sobrevivan. Si nos ceñimos a cuestiones genéticas, como mamíferos, sí es cierto que viene condicionado por el género. Y no es la única teoría que lo respalda, pues según un científico evolucionista llamado Richard Dawkins, continúa ese instinto evolucionista y el deterioro de la monogamia puede deberse a nuestro pasado, que continúa de alguna forma en nuestro ADN.

Cuestión de anatomía

Otro de los motivos por los que se puede sostener que el hombre es más infiel por naturaleza es por la disposición del cerebro. Varios autores del Departamento de Biología de la Reproducción de la UAM publicaron en un ensayo en el que se demuestra que el cerebro de ambos sexos tiene algunas diferencias: mientras que el masculino está más motivado hacia la parte sexual, el de la mujer se enfoca más en cuestiones de cuidado y compromiso. Y parece que comparte esta teoría sobre la anatomía preferente de la infidelidad masculina con otro estudio del Instituto Karolinska en Suecia. Este publicó en 2008 en el Proceeding of the National Academy of Sciences que el tema de la infidelidad tiene una relación directa con la estructura genética de los hombres: el famoso gen 334, que gestiona la vasopresina, una hormona que se produce naturalmente, por ejemplo, con los orgasmos y que puede provocar la eterna insatisfacción sexual. Aunque no todos lo poseen, el estudio afirma que 2 de cada 5 hombres cuenta con este gen que puede producir que sean más propensos a tener sexo con varias mujeres.

Sin embargo, estas teorías sólo son eso: suposiciones. Y también hay otras tantas totalmente contrarias, como la del psiquiatra Richard Friedmann, de la Universidad Cornell de Nueva York, que afirma que este tipo de “cargas” genéticas o biológicas están latentes en cualquier ser humano, sea hombre o mujer, y depende totalmente de la persona saber o no dominar estos impulsos para ser fiel a su pareja. Por ejemplo, las deficiencias alimentarias provocaban graves problemas para la supervivencia y encontrar a una pareja lo suficientemente saludable para perpetuar la especie era vital, de ahí que las mujeres buscaran al mejor: establecían –consciente o inconscientemente – situaciones de comparación entre sus posibles parejas para dar con el candidato con mejores predisposiciones genéticas o psicológicas para cuidar y mantener la especie. Por tanto, la infidelidad no es un estado en sí mismo, sino un mecanismo comúnmente asociado a la biología y, en contra de lo que se piensa, no únicamente a la biología masculina.

La infidelidad en el siglo XXI

Aun así, ya no actuamos sólo por instinto: ni comemos sólo por alimentarnos ni tenemos sexo sólo por mantener la especie. La instauración del placer individual ha revolucionado nuestra sociedad y nuestra forma de actuar. Tanto mujeres como hombres poseemos centros de placer –de liberación de endorfinas como las hormonas de la felicidad– a los que podemos dominar o dejar que nos dominen. Afortunadamente, nuestra capacidad de elección ya no depende de nuestra biología y cada día menos de lo que nos impone la sociedad. Aunque con ciertas reticencias, en el siglo XXI ya conviven con las formas tradicionales de pareja otras como el poliamor. Los denominados poliamorosos aseguran poder compartir numerosas relaciones emotivo-eróticas con varias personas, sin que esos sentimientos carezcan de autenticidad y sean diferentes por cada uno de los miembros de la relación. Aunque sigue siendo una tendencia minoritaria, cada vez existen más personas que pueden separar lo físico de lo emocional, y pueden mantener relaciones sin exclusividad sexual plenas y longevas.

Los motivos de la infidelidad en el siglo XXI son muy distintos a los del pasado, y de acuerdo con la psicóloga estadounidense Joy Davidson, la mayoría de los estudios concluyen que los niveles de infidelidad han aumentado considerablemente en los últimos años. Puede deberse a la gran cantidad de herramientas que hay para conocer a personas, la creencia extendida del placer inmediato, el ‘carpe diem’ emocional y el decrecimiento del interés por mantener algo –ya sea una persona, objeto, o creencia – para toda la vida. Y resulta paradójico, porque el 90% de las personas dice creer que una infidelidad ‘siempre está mal’. Parece ser que la infidelidad ya no es un asunto que atañe sólo a un género y el límite del daño está siempre en no romper una promesa. El poder y la responsabilidad se sitúa ahora en el respeto por la libertad de los demás.

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