¿Cuál es la diferencia entre querer y amar?

En Relaciones
Corazón roto
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Cuántos corazones se habrán roto en pedazos con un: es que ya no es lo mismo, no vamos a ninguna parte, tengo que vivir más experiencias, ya no te quiero como antes… Tantas como personas en el mundo. Vivimos en una sociedad desbocada, que introduce la pasión y el gozo como el único motor para seguir adelante. El presentismo, el carpe diem, ha descontextualizado el amor para toda la vida. Nos ha vuelto personas insatisfechas, inseguras, que pasamos de relación a relación para olvidarnos de nuestro reflejo, de nuestros traumas y de nuestra soledad. El nada es para siempre es cierto, pero no lo hemos descubierto en el siglo XXI. Que seamos mortales o que el tiempo sea ilimitado no sirve de excusa para convertirnos en seres incapaces de comprometernos con un amor que nada tiene que ver con fuegos artificiales. Pero sí significa lucha, cuidarnos, elegirnos mutuamente, construir una vida –aunque sea de papel–, saber mirarnos, amar la arruga, acompañar el camino. Eso es amar. El resto sólo querer.

Si alguien ha captado la diferencia entre querer y amar ese fue Antoine de Saint-Exupéry. En El principitoaquella obra mal entendida y reducida a un libro infantil–, se refleja en forma de metáfora:

“—Te amo —le dijo el Principito.

—Yo también te quiero —respondió la rosa.

—Pero no es lo mismo —respondió él, y luego continuó— Querer es tomar posesión de algo, de alguien. Es buscar en los demás eso que llena las expectativas personales de afecto, de compañía. Querer es hacer nuestro lo que no nos pertenece, es adueñarnos o desear algo para completarnos, porque en algún punto nos reconocemos carentes”.

Hay que prestar atención a las palabras. Por qué la definición de nube casi se ha extinguido como un hidrometeoro visible hecho de cristales de nieve o gotas de agua microscópicas suspendidas en la atmósfera, y ahora se utiliza más ‘la nube’ entendida como un modelo de almacenamiento de datos basado en redes de ordenadores. Querer es algo químico, fácil, instintivo y al alcance de cualquier persona. Estar enamorado significa que alguien ha provocado una revolución hormonal en ti. Tus niveles de dopamina han explotado como fuegos artificiales en tu organismo. Sientes todo lo que algún día te dijeron que era el amor: mariposas en el estómago, querer conocer todo de aquella persona, comerte el mundo con él/ella, consumir y agotar toda la pasión, los deseos y el tiempo. Como si no hubiera nada más esencial que esa necesidad ferviente por estar –y lo más peligroso: poseer– a esa persona. Te sientes completamente afortunado/a, porque has encontrado a la mejor persona del mundo, a la más increíble… Y es tuyo/a. Pero eso no durará mucho tiempo y, aunque resulte imposible de imaginar en el estado inicial, es un proceso transitorio, conductual y neuroquímico que dura solo tres años. Con suerte.

Y luego viene lo que probablemente no te hayan contado: la dopamina desciende y se desensibilizan las emociones. En lugar de mariposas y fuegos artificiales hay un desconocido/a que ya no quiere que seas una extensión de su cuerpo. Caes en la cuenta de que no es perfecto/a, que no tenéis tantas cosas en común, que puede que los caminos se separen… Que ya no le quieres. ¡Y es verdad! Ya no le quieres, ya no eres una persona ensimismada al son de sus hormonas, ya no deseas fugarte con él/ella al fin del mundo. Descubres que hay más personas a tu alrededor, que no estáis solos frente al mundo. Y hay dos caminos: buscar a otro individuo –y luego a otro, y a otro…– para seguir con la adicción química que produce el enamoramiento o iniciar una nueva etapa en tu relación. Al final, todo se basa en una elección: si quieres que nube siga siendo aquel instrumento práctico y seguro o decides que sea aquello que hace que caiga agua del cielo, incontrolable y purificador.

Si superas la etapa de enamoramiento y aprendes a mirar con otros ojos a tu compañero/a, amarás realmente. Enamorarse es mucho, mucho más fácil que amar. Porque implica sacrificio. Sí, como lo oyes… Aunque sea un concepto pasado de moda, hay sentimientos que no debemos ignorar, que son tan importantes como ser felices. El dolor, las discusiones, el compromiso… La felicidad está altamente sobrevalorada, porque si sólo fuéramos felices nos pareceríamos más a una cabra pastando en el monte que a un ser humano. Ser felices es una actitud, un compromiso con la vida que no puede ignorar la extensa gama de sentimientos. Pues si no lo único que estaríamos haciendo es construir una felicidad que podríamos comprar y adquirir con merchandising de autoayuda.

Es fácil caer en las sensaciones de emociones límites y creer que todo fuera de eso es simplemente una pérdida de tiempo. Pero lidiar con emociones más estables –que algunas veces sufren fluctuaciones pero siempre mucho más profundas–, nos conduce al amor más auténtico y genuino.  Aquel que está en paz, que reconoce la individualidad de su amante, que ha dejado de idealizarle, que ha entendido su condición humana, ha apreciado el poso de sus días y el sabor único de sus gestos. Amar va mucho más allá de la lógica, de lo que es cómodo. Significa querer que esa persona encuentre todo lo que anhela sea o no sea por ti –e incluso contigo–. Y al mismo tiempo desear que aun así siga el camino contigo. Tener la certeza de que no es tuyo/a pero algún rincón secreto de ti siempre permanecerá con él/ella. Es contemplar sin juicio. Admirar sin argumentos. Acompañar la vida con ternura.

Cuando quieres a alguien necesitas quemar etapas con él/ella. Alcanzar el siguiente nivel, avanzar juntos. Pero en algún momento será imposible, porque todo es finito. Llegará un momento en el que no podáis recorrer más porque no se puede avanzar y continuar construyendo siempre algo más grande. El sentimiento de insatisfacción a veces nos destroza la vida. No saber cuándo parar y no apreciar lo que ya tienes a tu lado. Disfrutar y agradecer lo conocido. El problema es que raramente lo vemos cuando estamos enfrascados en nuestro ego y nuestras carencias. Creemos que el foco de nuestra insaciabilidad es una ciudad, un trabajo o una persona. Y es cierto que muchas veces puede depender mucho de eso. Pero es frecuente sentir que nuestra vida nos ha decepcionado, que no tenemos lo que merecemos. El problema es que solemos darnos cuenta tarde, cuando ya hemos destrozamos el vínculo, de que era suficiente. La gente suele olvidar lo mucho que ama a una persona o no se da cuenta de lo mucho que la ama, hasta que la vida los obliga a recordar.

Puede que, como las nubes, se extinga el amor entendido como aquel anciano que recuerda a su esposa con lágrimas en los ojos y con la certeza de haber amado más allá de la lógica. Aquel que recuerda sin rabia y que su memoria le hace sentir vivo. Que aunque ya no esté le cambió la vida, que jamás la dejará de amar porque sería renunciar a ese rincón inquebrantable que guardó para ella. Puede que eso no tenga nada de químico, no sean fuegos artificiales ni mariposas en el estómago. Amar es humano, pero nadie se atrevería a pensar que no es magia.

“—Ahora lo entiendo —contestó ella después de una larga pausa.

Es mejor vivirlo —le aconsejó el Principito”.

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