¿Cómo hacer para que un hombre te desee?

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Sólo el 4% de las mujeres se consideran ‘atractivas’, sentencia un estudio sobre la Belleza Real realizado por Dove. Por tanto, no resulta extraño que el 96% restante se pregunte qué estrategia seguir para que sientan deseo por ellas. Y es natural: el ser humano necesita la mirada del otro para sentirse valorado y aprobado por los demás. Con el incremento de las redes sociales y la exposición de la vida personal en el ámbito de internet la autoestima se ha convertido en un consumo de placer casi automático. Pero trae consecuencias y lo mejor es que antes de vernos en la mirada de los demás, aprendamos a enfrentarnos al espejo con seguridad y optimismo.


La historia del deseo nos sugiere conceptos muy interesantes para comprenderlo y dominarlo. La etimología del verbo “desear” tiene su origen en el término latino ‘desiderare’, derivado de sidus, sideris que significa ‘astro’. Pero tuvo variaciones y mientras ‘considerare’ pasó a significar la contemplación u observación analítica de un astro, ‘desiderare’ se utilizaba para lamentar una ausencia. Es decir, anhelar la presencia de un astro favorable en nuestro firmamento. El deseo podría parecerse a lo que sentimos cuando miramos la luna: lejana, alta e inaccesible. Por tanto, resulta chocante que se haya convertido en una expresión tan mundana y rutinaria de la dimensión erótica.

Para saber cómo hacer que un hombre te desee, lo primero es preguntarte por qué necesitas que te desee. Que la belleza está en el interior ya te lo han contado millones de veces, pero has dejado de creerlo, si es que algún día lo hiciste. Los cánones de belleza están por encima de los cuerpos reales o del atractivo natural de la mujer. Pero es innegable: lejos de infravalorar las reglas estéticas a las que estamos atadas, quien se siente sexy por definición lo es. Por tanto, pregúntate a ti misma si de verdad te deseas. Pero no como un deseo puramente circunstancial sino uno puro y desinteresado. Si te quieres lejos de los kilos que crees que te sobran, si tu nariz es más ancha o más fina o si te gusta tu color de pelo. Si te aceptas con ese amor incondicional, entonces, querrás que te deseen sin perderte por el camino a ti misma.

Según Rousseau, los hombres nacen naturales y felices porque no tienen deseos. Pero la primera vez que nuestra madre nos dice que ‘pidamos un deseo antes de soplar las velas de la tarta’, nos está advirtiendo que debemos tenerlos, que la sociedad vive y evoluciona desde los sueños y la ambición. Más adelante nos alimentamos de cuentos de hadas, de cine y de publicidad… Ahí nos damos cuenta de que ese deseo que pedimos de niños ya no se parece al que necesitamos ahora, ya no nos pertenece: es de nuestra cultura. Por tanto, es vital que no nos confundamos, una cosa es que queramos que nos deseen, y otra que lo necesitemos como oxígeno para nuestra autoestima.

Una vez nos amemos de esa forma, podremos trabajar en que los demás simplemente se den cuenta del valor que tenemos. No se trata de maquillarnos, de comprarnos ropa en tendencia, ser sumisa o altiva. Eres lo que eres, y eres suficiente para cualquiera. Es tan fácil –o tan difícil – como exteriorizar lo que llevas dentro. Viste como quieras y utiliza tu imagen para mostrar lo que sientes. La belleza es verdad, autenticidad. No intentes amoldarte a lo que está socialmente aceptado para los demás y sé fiel a ti misma. El atractivo de una mujer no sólo tiene que ser bonito, ni femenino –tal y como relacionamos hoy erróneamente lo conceptos de feminidad atados a la dulzura o la delicadeza–. Puede ser hermosa y transgresora, rebelde e incluso puede tener algo terrible. Como la de Frida Kahlo, que decía que la belleza y la fealdad son un espejismo porque los demás terminan viendo nuestro interior. No engañes a nadie, cree en tu única e imperfecta belleza.

El vínculo entre el deseo y la sexualidad parece casi ineludible. En la interpretación de los sueños (1900), Sigmund Freud decía que los sueños eran deseos frustrados. Resulta paradójico, pero a veces debemos tener cuidado con lo que deseamos. Muchas veces no necesitamos que alguien esté con nosotros, en una relación de amor o sólo sexo, sino algo mucho más allá: anhelamos el deseo de tener un deseo insatisfecho para tener una demanda permanente y eterna de amor. Por eso nos gustan tanto los amores imposibles. Echamos de menos cosas que nunca tendremos, aunque racionalmente sí sean posibles, porque necesitamos la imaginación y la fantasía para escapar de una realidad que nos resulta inabarcable y aburrida. Y esta necesidad no está ni bien ni mal. Depende de hasta qué punto la dominemos o nos domine a nosotras. Lo más sano es saber hasta qué punto necesitas que te deseen y actuar en consecuencia. Debemos tener respeto por nuestra libertad, y la de los demás. Pocas cosas hay tan atractivas como alguien que es plenamente libre y responsable de sus actos. Eso inspirará siempre a la persona que quieres que te desee. Querrá contagiarse de alguna forma, seguir tu ejemplo y compartir contigo ese gozo. Pero cuidado con permitir que empiecen a tener el control sobre tus decisiones. Ningún deseo puede salir tan caro, por muy potente y real que sea.

El valor que le atribuimos a las cosas y personas en nuestras vidas sigue una fórmula simple y algo injusta: cuando algo parece complicado de obtener o conservar, naturalmente le atribuimos mayor valor. Pero la complejidad no es algo que debamos buscar a toda costa. Las relaciones humanas ya son difíciles, porque la unión de dos individuos requiere siempre un pacto de compromisos que pueden interferir en nuestra propia voluntad. En el libro El erotismo (1957) de George Bataille se mencionan tres tipos de erotismo: el de los cuerpos, el de los corazones y el erotismo sagrado. En los tres está presente la búsqueda de una continuidad más allá de los cuerpos, del placer, de los límites, de las reglas, de sí mismo… No hay nada más complejo y transgresor que el deseo por otra persona. Por lo que lo mejor es que simplifiquemos, que no establezcamos relaciones de dependencia emocional y empecemos por desearnos a nosotros mismos primero. No hay nada más seductor que alguien que se mira de verdad a sí mismo, sin tapujos, sin excusas, sin prejuicios… Y que es capaz de mirar a la otra persona de la misma manera.

 

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